El Lucero de Hali

—¿Podéis ver ese pequeño punto en el cielo? —preguntó mi abuelo, Eduardo, señalando con un dedo tembloroso algo que se ocultaba en la profundidad de la noche, más allá del fino velo de polvo que cubría la única ventana de la habitación. La mera insinuación de un objeto ajeno a nuestra mirada ingenua e ignorante hizo que me estremeciera. Pero eso fue sólo al principio.

Las paredes desvaídas de la residencia sanitaria, un icono arquitectónico a la propia idea de enfermedad y demencia, se encontraban cubiertas por sombras danzantes nacidas de los esbeltos álamos grises que poblaban la calle y emparentados con una luz azulada y difusa cuyo origen, en sí mismo, parecía un misterio. Pues era una noche sin luna, y el centro de la ciudad había visto una muerte repentina justo después de la medianoche. Sólo la luz del firmamento dominaba las calles. Aquel resplandor azulado recortaba la silueta del casco urbano con tonos fríos, planos e indiferenciables. La ciudad de los dibujos de un preescolar que se ha comido media caja de colores. El cielo, en cambio, desplegaba una obra maestra ante mis ojos; donde antaño sólo se habrían avistado astros solitarios entre fantasmales nubes nocturnas cargadas del color de las ascuas de la ciudad, cúmulos plagados de estrellas refulgían ahora en una atmósfera cristalina.

<<Las maravillas de la naturaleza emergen con la decadencia de la civilización>>, me dije a mí mismo mientras trataba de descubrir lo que el dedo tembloroso y emocionado de mi abuelo intentaba revelarnos.

Mi mirada se cruzó en silencio con la de mi padre y la de mi tío Ignacio, convergiendo  en la figura achaparrada de Eduardo cada vez que éste, con voz grave, áspera, aunque sorprendentemente más estable que su dedo, anotaba lo que sus ojos vivaces e infantiles  habían escrutado entre la noche y la imaginación. Destacar una única estrella de entre todo aquel ruidoso enjambre que zumbaba suavemente y provocaba cosquillas en la retina me habría resultado imposible. Y, no obstante, el pertinaz observador insistía.

—Papá, hay muchas estrellas —acabó suspirando Ignacio.

Mi abuelo dejó caer la mano con indignación y giró la cabeza hacia donde se sentaba mi tío.

—Ésta que señalo se encuentra lejos de ser una estrella  convencional. Es más pequeña y escurridiza. Se asoma a nuestro mundo una vez cada siglo, para sumergirse de nuevo en los inmensos vacíos del firmamento —Eduardo palpaba las consonantes con labios relajados y levemente caídos, en un constante intento por atrapar el sabor de los viejos vocablos que su adormilado intelecto atesoraba, y evitando diluirlos en la caudalosa y tranquila corriente de aire y vocales que su pecho movía al ritmo de las mareas—. Lo más veteranos del pueblo solían contar que su aparición anunciaba tiempos de prosperidad. El ganado engordaba en cuestión de semanas y la cebada se desbordaba en los valles al igual que un embravecido mar de oro y de verde. Lo llamaban el Lucero de Hali.

Entonces lo vi, como si la articulación de su nombre hubiera conjurado su existencia o la ilusión de percibir un trazo luminoso de luz tenue y blanquecina que acompañaba a las estrellas en su recorrido por la bóveda celeste. Quise anotar en voz alta el maravilloso descubrimiento, pero la mirada de complicidad de mi abuelo me hizo comprender la futilidad de agotar el silencio en palabras consabidas. Por primera vez, el desasosiego que había atrapado mi alma en el último año se vio sustituido por un sentimiento conmovedor, aunque no sabría describirlo o definir su origen con exactitud. Intentar hallar una explicación me hizo meditar sobre mi experiencia en los últimos meses, durante gran parte de los cuales había abandonado la ciudad y acompañado a mi padre para ayudarle a cuidar las tierras de la familia.

Pensé, por ejemplo, en las palabras de mi buen amigo Pablo Avilés, el día en que decidí alejarme de la Gran Ciudad: “No desesperes todavía: algo está por venir; algo que nos librará a todos de esta agonía urbana”. La decrepitud, como una enorme fuerza centrífuga, enviaba a los antiguos habitantes de la ciudad a las afueras, y las calles que una vez bulleron en risas, voces y charlas tras cada esquina ahora permanecían desiertas al ocaso. Hormigueros mudos de mañana. Desiertos hormigonados de noche. Los edificios sólo crecían hacia dentro, como armazones grises, impenetrables a todas horas; crisálidas descascarillándose y llenas de larvas angustiadas porque el tiempo liberase los secretos que escondían en su interior. La gente se refugiaba en sus hogares y no se atrevía a mirar por la ventana. La mayoría de ellos eran vetustos, solitarios y abstraídos. Sus  hijos convivían con ellos, pero el miedo les mantenía más cerca de la puerta que de la luz exterior, murmurando con sus vecinos en vestíbulos cerrados a la luz de las velas cuando se producían los apagones nocturnos. Sus nietos se habían marchado ya al campo, parar volver a arar y cultivar las tierras que no habían caído petrificadas bajo los tentáculos de la criatura cívica.

Aun así, todavía podían encontrarse reductos de serenidad en lugares alejados del reino urbano; lugares, en el pasado, considerados pedestres, hostiles y, sobre todo, desconocidos. Los jóvenes huían allí cada año en mayor número, pues es habitual que la esperanza comparta su escondite con realidades incomprendidas. Yo me encontraba entre esos refugiados que quisieron pisar un suelo mullido, poroso y fecundo sobre el que uno puede dormir toda la noche sin ser observado con desprecio por ojos altaneros. Mas mi estancia en el campo trascendió del viejo cliché al que aludían los habitantes de las ciudades cuando sus vidas se volvían aburridas y decidían mudarse lejos del ruido y de la vigilancia constante de sus conciudadanos.

Porque, a diferencia de ellos, había descubierto la verdad sobre mis antepasados. Había vivido como ellos, actuado conforme sus costumbres y rezado a sus mismos dioses. Mi padre me había llevado a las partes más altas de la montaña a través de senderos recónditos guardados por la sombra de antiguos robles encorvados; y allí arriba, entre las rocas desnudas que observan el tiempo con paciencia infinita, me había inclinado frente al santuario de Hástur, como hizo siglos atrás nuestro Gran Padre Haíta, el pastor bondadoso que tres veces se encontró con la felicidad y tres veces la rechazó por el bien de todos los hombres. En mi retorno a la ciudad había traído conmigo una reconfortante sensación de plenitud.

Dicha plenitud, puesta a prueba por los horrores que tuve que afrontar antes de mi marcha, renacía ahora vigorosa, después de que mi abuelo hubiera compartido conmigo el secreto del Lucero de Hali.

Así pues, para entender la epifanía que representó el descubrimiento de la estrella de mis antepasados la noche sin luna en la vieja residencia es preciso que relate también los episodios más nefandos de esta historia. Al fin y al cabo, sólo el miedo permite dar una visión completa de los intrincados sentimientos del hombre.

¿Por qué regresé a la ciudad? Admito que no resultó una decisión fácil, pero es que tampoco lo fue huir de ella. Aunque muy ligados a la vida rústica, mi familia más próxima había crecido a la sombra de los edificios, caminando sobre la costra purulenta de una herida cicatrizada con asfalto y cemento que nos había aislado durante toda nuestra vida del contacto con la carne del mundo, de sus fuerzas y de sus efluvios. La naturaleza desnuda, pese a su extraña e indomesticable belleza, sigue siendo morada de lo primitivo, de todo lo ajeno a los seres urbanos; es comprensible que sus habitantes hayan encontrado formas mucho más efectivas de atajar sus temores en pos de su propia supervivencia. Porque ¿qué criatura salvaje preocupada por subsistir, plenamente consciente de su absoluta  soledad, se dejaría atrapar por una realidad descarnada? Los profetas de las grandes religiones no se diferencian tanto de nuestro Gran Padre, Haíta: hombres sumidos en una vida de retiro que, bien mediante un gesto de piedad o un fatuo acto de grandilocuencia, transformaron una experiencia desoladora en una historia maravillosa. Esos hombres fueron muchas veces comparados con pastores. Y su legado conservaba la trascendencia de la horrenda revelación original, pero recurriendo a símbolos y personajes preconcebidos con intenciones puras y magnánimas.

Como habitante de la Gran Ciudad, había vivido en la firme creencia de que no había nada que temer bajo la luz del pensamiento crítico y la razón. Las leyendas que llegaban del exterior eran desgarradas entre las fauces de los burgueses, hijos bastardos del evolucionismo de Darwin y la mecánica newtoniana. Precisamente nosotros, los estudiantes universitarios, aspirantes indiscutibles a la élite académica, éramos los menos prestos a valorar la pertinencia de aquellos armazones mitológicos para la supervivencia del espíritu. Yo, que había leído y hasta sentido devoción inconfesa por los hoscos versos del poeta Khalid ibn Yazid, admito haber participado alegremente en la carnicería y, con ello, deshonrado a mi propia sangre.

Pero los años de la luz se acabaron. Ahora me arrepiento profundamente de los escarnios que protagonizamos y confío obtener el perdón algún día.

 Viva se halla en nuestra memoria una época en la que la humanidad, hacinada en las ciudades y sedienta de una energía que bebían a través de elegantes máquinas, comprendía las consecuencias de décadas de carestía. Las noches volvieron a ser oscuras. En los pasillos y en las salas donde los jóvenes nos habíamos reído de la vida misma, a veces embriagados de alcohol, cuando no de otras sustancias más estimulantes, ahora se musitaban palabras inquietantes sobre el futuro. Regresaron los relatos en la penumbra, con la voz mustia, sobria y desolada del compañero que palidece ante el advenimiento de una tragedia. Y con la única intención de llevar a las reuniones clandestinas la historia más insólita, descabellada o absurda, en las bibliotecas y salas de estudio de nuestros abuelos, en los desvanes y en los sótanos, se desempolvaron libros olvidados que leímos con fruición.

De esta manera, regresaron a las calles nombres que jamás deberían haber vuelto a ser pronunciados. Transliteraciones de sonidos que en otro tiempo sirvieron para enunciar, describir o llamar la atención de entidades cuya existencia resulta del todo inconcebible en nuestros días. Sin embargo, no todo quedaba en el significado de las palabras: incluso los diálogos, los personajes y las alegorías formuladas en la lógica de un drama abstruso podían crear conciencia en sus lectores de una verdad extravagante.

Arrastrado por la misma vanagloria de aquellos que querían impresionar a la audiencia con la narración más escabrosa, yo también me arrojé a la buhardilla de la casa de mi abuelo para rescatar reliquias en papel, haciéndome acompañar de Pablo Avilés y otras dos personas a las que una vez llamé “amigos”. Varios de los tomos que pasaron por nuestras manos ya apenas tenían un nombre legible, y sus páginas amarillentas amenazaban con quebrarse en nuestros dedos repletos de arrebatada curiosidad. Demasiados títulos apócrifos; demasiados autores anónimos, olvidados o proscritos. El olor del papel rancio se sumaba al clima de turbación que ataba nuestro silencio, como la soga anudada al tobillo de tres extraños que se asoman al filo de un acantilado y que señala un destino ominoso para todos ante cualquier traspié.

Por ese motivo no llegué a preguntar por el libro encuadernado en piel de serpiente, cuya desaparición enojaría tanto a mi abuelo. Recuerdo perfectamente el momento en el que lo hallé días más tarde arrodillado entre la pila de libros revueltos, recorriendo el suelo con sus ojos vidriados, la palma de la mano despeinando sus finos cabellos claros y la piel cerúlea empapada de sudor.

—¿Dónde está? —gritaba con la extenuación y pasmo de un delirio— ¿Qué has hecho, estúpido? ¡Los jóvenes ya no tenéis respeto por nada!

Sucedió que esa misma semana, en la Nochebuena, mi abuelo permaneció en cama bajo el influjo de ensoñaciones febriles. Mi padre y mi tío Ignacio tuvieron que llamar a un médico en la madrugada, quien recomendó que, dado su estado, se le trasladase a un hospital para que pudiera recibir los cuidados oportunos. En el transcurso de ese mes, cada vez que me daban a conocer el resultado frustrado de algún diagnóstico sobre su salud, me encerraba en mi habitación para que nadie escuchara mis lamentos. No podía olvidar la lúgubre situación de las vísperas de Navidad: mi padre, Ignacio y yo cenando a la luz de dos velas torcidas, mientras mi abuelo llamaba entre balbuceos a personajes desconocidos e invocaba lugares lejanos en el espacio y en el  tiempo. En un primer momento, no había acertado a comprender el significado de aquellos nombres, salvo los que aludían a algún objeto celeste ajeno a mis intereses.

Sólo cuando Eduardo gimoteó o juró en voz viva por el destino del libro maldito, ese que yo había extraviado varias tardes antes, mis manos paralizadas dejaron caer los cubiertos y me vi forzado a abandonar la mesa con la venia de una excusa vacía en mis labios.

Pasaron los días, y mi abuelo volvió a casa sin prescripción médica certera. Ello no parecía preocuparle demasiado, pues estoy seguro de que él ya conocía el motivo de sus males. Las fiebres y los delirios habían desaparecido sin más, pero todo su cuerpo parecía sometido a un proceso de envejecimiento tan evidente que muy pronto clamó por los cuidados de sus dos hijos.

En cuanto a mí, temí esa visita de rigor a la casa del casco antiguo después de la convalecencia de su dueño. Por primera  vez, me sobrecogía la evocación producida por los restos fosilizados de una extirpe extinta, acechando en muros endebles o sobre tejados de pizarra destartalados; los edificios de fachada corta se transformaban en objetos porosos como la piedra pómez, de pilares y tabiques podridos. Tal profusión de huecos, agujeros y galerías no se había desarrollado azarosamente,  sino que guardaba coherencia dentro de un nuevo orden de degradación inherente al paso del tiempo, y que no podía ser otra cosa más que el plan de una inteligencia inmaterial.  Siempre había comparado la vieja ciudad con un cadáver agusanado, pero ser consciente de que estos gusanos actuaban como una única entidad era un pensamiento pavoroso. Creo que fue la primera vez en la que deseé una voluntad, un fin último, en aquel clima de desintegración del alma; un sentido o una probabilidad insignificante de revertirlo a un estado anterior o, al menos, diferente.  Un deseo que quedaba en suspense ante una única pregunta: ¿Cómo se invoca a un espíritu sin nombre?

Mi abuelo debió hacerse eco de la turbación que ocupaba mi cabeza, pues al recibirme, actuó con inusitada amabilidad. No obstante, su sonrisa, por nacer de un acto bondadoso, no podía sino adolecer también de honestidad, y tras ella se atisbaba una pena profunda.

Eduardo me invitó a sentarme a su lado y sostuvo mi mano con un gesto afable. Cuando su voz entrecortada, torpe, llenó el aire estéril de la sala, supe que ya nada volvería a ser igual:

—Hijo, qué mala cara tienes —dicho por él, parecía una broma de mal gusto—. Creo que no tenía derecho a asustarte con lo de aquel libro antiguo —<<y, sin embargo, es de lo primero que estamos hablando después de meses sin vernos>>, pensé nada convencido—. Prométeme que te olvidarás del asunto, por favor. Esa tarde me dejé llevar, seguramente por los inicios de la fiebre —entonces vino la pausa y, acto seguido, unas palabras que no contribuyeron en nada a su argumento—… A fin de cuentas, quien haya abierto sus páginas no habrá leído más allá del primer acto. Sólo confío en que tú no lo hayas hecho —su espalda no volvió a reclinarse sobre el respaldo del sillón ni sus ojos a parpadear hasta que yo hube sacudido la cabeza—. Bien. No sabes cuanto me reconforta saberlo.

Por supuesto que llené la habitación de preguntas sobre el libro, comenzando por aspectos tan básicos como su título y su autor. Pero él evadía las cuestiones con trivialidades propias de otra época menos aciaga. Al final, no sin ofuscación, tuve que ceder. Me levanté, besé la mejilla de mi abuelo, y le agradecí su benévola paciencia.

Una paciencia santa, a luz de las escenas que habría de contemplar en días sucesivos, tras los cuales comprendería el alcance de un crimen en el que yo había sido cómplice por omisión.

Las pruebas salieron a flote durante la fiesta privada en casa de Pablo Avilés. Mi amigo quería organizar uno de esos melancólicos homenajes a los días en los que charlábamos de todo tomando muy pocas cuestiones en serio. Sin ser lo habitual, ni mucho menos hallarse establecido como norma, resultaba lógico que la literatura ocupase buena parte de la conversación en un círculo de amistad asociado a las Humanidades y a las Letras; sin embargo, observé una exaltación artística impropia de un entorno tan dado a las banalidades como aquél. El objeto del sentimiento colectivo renacido consistía en un viejo texto teatral que había circulado entre los asistentes durante las últimas semanas. Su título se me antojó extrañamente familiar: El Rey de Amarillo.

En el momento en que asumí haberlo oído antes, advertí las miradas de todos los ocupantes de la habitación alejándose de mí e intimando a mis espaldas. Ante semejante descortesía, sólo me quedó sentarme en un rincón y dejarme envolver por el brillo ambarino del candil que diluía las sombras del salón de los Avilés. Rendí mis oídos a los murmullos, y, completamente atónito, me dejé llevar por la corriente de la conversación. Oí hablar de Cassilda, del Rey andrajoso y de la llegada del Extraño, aquel que lleva en su rostro la Máscara Pálida. Durante horas discutieron acerca del misterio que se esconde en las profundidades del Lago de Hali, en Aldebarán, y sobre los hados de Hástur y las altas torres que yacen en ruinas en la ciudad de Carcossa. Recordaba esos nombres a la perfección.  Mi abuelo sólo había sido capaz de aullarlos entre delirios. Y ahora se sumaban con naturalidad a la tertulia, aludiendo indiferentemente a personajes malditos o a lugares remotos.

La noche se hizo eterna. Sus hálitos flotaban densos, lánguidos y fríos conforme el alba se aproximaba. El siseo gaseoso del candil se volvía grave y mudo, y, con él, también las voces de los extraños que me hacían dudosa compañía: esos ladrones de libros, profanadores de lo sagrado, conspirando a espaldas de la aurora. Sentí repugnancia. Una vez que, por fin, me hube desprendido del hechizo de sonidos otrora extintos, me levanté y abandoné el lugar sin articular palabra. Llegué a la calle dando grandes zancadas, una tras otra, al ritmo de la marcha de la ira y el pánico que los tambores tocan al final de una procesión de santos nocturnos.

Tuve por cierto que nadie había advertido mi ausencia.

Pablo me hizo una visita a los dos días, y, de hecho, actuó como si nada hubiera ocurrido. Le recriminé el robo del libro de mi abuelo, pero él no sabía de qué le hablaba. Mi paciencia se había agotado. Yo recogía mi equipaje para huir de la ciudad, aprovechando que mi padre se retiraba durante una temporada al pueblo para encargarse de los asuntos de la finca de mi tío abuelo Gustavo.

Así fue como dejé atrás los cimientos carcomidos de una sociedad que se rendía al desconcierto, y llegué al paraje en el cual los misterios emanan de la tierra con la pureza de tiempos desconocidos para la civilización. Allí donde el desorden entraña la esencia misma de las cosas vivas e inertes y se hace visible en formas irregulares, extrañas e insinuantes. Las curvas quebradas de las montañas sustituían a los aberrantes prismas, y los troncos retorcidos de los robles se mofaban de la burda y lineal mecánica de los artefactos humanos; los rostros de titanes graníticos emergían de gráciles sábanas en sedas verdes y pardas, con un despertar latente durante cientos de milenios. Me sumergí en aquella inmensidad y, durante un tiempo, logré olvidarme de los horrores que auguraban el óbito de la Gran Ciudad.

Cierto día a finales de verano mi padre me llevó a la montaña y me mostró la piedra donde nuestros antepasados habían acudido para humillarse ante la mirada de los dioses, suplicando por un tiempo clemente o una cosecha próspera. El altar era sencillo: una roca oscura, esbelta y masiva, con la altura de un hombre. Mas, a diferencia de los lugares suntuosos donde los idólatras de la ciudad se reunían por mera costumbre, el aspecto  humilde, antiguo y olvidado de aquel santuario fue precisamente la razón por la que cautivó mi alma. Mi corazón, hasta entonces un órgano excesivamente racional, palpitó de emoción con una fuerza e intensidad sobrehumanas.  Habida cuenta de mi entusiasmo, mi padre me contó la historia del pastor, Haíta, y su encuentro con la dama a la que renunció tres veces, sin saber que se trataba ni más ni menos que de Felicidad.

—Éste es el santuario de Hástur, hijo: donde los pastores que vivieron por estas tierras rezaban a su propio dios.

Con el transcurso de los meses, visité el lugar jornada tras jornada de duro trabajo en la finca. Al principio, sólo me sentaba cerca de la piedra y contemplaba el cielo del atardecer; pero la creciente frecuencia con la que me sorprendía a mí mismo hablando solo de cara a la piedra convirtió la escapada en un ritual. En los ruegos y promesas que pronuncié se escondía la intención ingenua de quien anhela la soledad: crear la atmósfera propicia para el devenir de un hecho maravilloso.

Y el día llegó, a finales de noviembre, a punto de transcurrir un año desde la noche en la que mi abuelo había enfermado. Regresaba tarde de una de mis oraciones vespertinas, ya que me había demorado aguardando la salida de Aldebarán entre las montañas y abandonado mi imaginación a la búsqueda de enigmáticos mundos ocultos entre las Híades. Mientras caminaba, soñaba despierto con el lugar donde estrellas negras contemplan la muerte del universo en medio del silencio cósmico. Tal era mi abstracción que tardé en advertir un cambio de luz bastante peculiar; el cielo se hallaba teñido de un color ocre, que le daba el aspecto de un desierto arcilloso, aunque salpicado con más estrellas que nunca. El despliegue de místicos tonos cálidos encontraba continuidad  a pocos metros del suelo, bajo el dosel del robledal, donde un halo rojizo envolvía los objetos y cargaba el aire de un rubor fantasmagórico. Pero lo más asombroso de todo era que, unos minutos antes, la noche se había cerrado ya. Una noche sin Luna.

Los animales salvajes que durante esas horas solían escabullirse ruidosamente a través de senderos ocultos en el brezo tras oír mis pasos desenfadados, por algún motivo, habían decidido permanecer escondidos y en cauteloso silencio. Cuando deseé haber llegado ya a la linde de las tierras de Gustavo, comprendí la razón: había algo más grande que yo subiendo por el sendero. Mi reacción, desobedeciendo la premura de mi respiración entrecortada y las insistencias vehementes de las venas en mis sienes, consistió en clavar los pies al suelo y esperar. Primero fueron las ramas de los arbustos rozándose tímidamente unas con otras. Quise culpar al viento, pero bajo las copas de los árboles no circulaba brisa alguna. Pronto, y alcanzándome en pleno debate sobre lo real y lo irreal de la situación, llegaron los pasos arrítmicos, esa música que sólo puede achacarse a las alimañas que vagan por el bosque. Sin embargo, la danza tenía algo distinto, que se manifestaba con tremenda contundencia; algún fenómeno fraguado en la combinación de sonidos, como un trance polirrítmico tribal o una armonía disonante.

<<O eso, o el sonido de muchas patas aplastando el suelo a mi alrededor, y de bocas gruñendo y roncando, en un movimiento orquestado por una sola entidad>>.

El pensamiento se abrió paso en mi mente con violencia. Tuve que sentarme en el suelo y cerrar los ojos para volcar todos mis esfuerzos en espantarlo. Demasiado tarde. Instantes después, en el transcurso de un tiempo difícilmente medible por medios humanos, la o las criaturas se encontraban en todas partes, agitando la vegetación a mi alrededor y observando la orilla del sendero con sus ojos furtivos.

No pude contenerme. Mis párpados se levantaron y, justo en frente de mí, lo vi. Era el pastor cubierto de harapos, con el callado en su mano y su rostro cubierto por el juego de luces y sombras tejido por la hojarasca. Sus pasos no sonaban, pero la cadencia de sus andares era, de algún modo, imitada por el avance de su rebaño. Llamando “rebaño” al séquito de infamias con cuervos torvos y extremidades deformes no quiero sugerir que haya reflexionado sobre la naturaleza terrenal o sobrenatural de aquellas bestias, y más cuando sé a ciencia cierta que ningún pastor ha vuelto a pisar la región en décadas; pero, tal vez, se trate de la palabra más atinada para describir la esencia de semejante monstruosidad. En cuanto al pastor embozado, no hallé ocasión de preguntar su nombre. Se acercó, pasó a mi lado y se alejó montaña arriba.

Tan pronto como el crujido del último pie se extinguió en la noche, me levanté y corrí de vuelta a la finca, obsesionado por una única idea: <<¡No sé si me ha mirado! ¡No sé tan siquiera si tenía ojos para mirarme!>> Ignoraba su rostro. No había sido un efecto óptico, sino algo tan palpable como una máscara. Y lo que yo había creído la vestimenta de un pordiosero, ahora aparece claramente en mis recuerdos como una túnica de seda raída. Los atavíos de un Rey que acababa de ceder su trono.

Tan pronto como mi padre me hubo tranquilizado, supe lo que había pasado. Le convencí de que era absolutamente necesario que regresáramos a la ciudad. La gente debía saber que existía una explicación y, por consiguiente, también una salvación para la corrupción material a la que la Gran Ciudad sucumbía. Pues la voluntad que se encuentra al final de la línea del tiempo, allá donde sólo cabe la degradación de la mente y la materia, al fin, tenía un nombre: Hástur.

Debía regresar para anunciarles que no debían tener miedo. Que la llegada del Rey de Amarillo no supondría la perdición, sino el comienzo de una nueva era de paz en el equilibrio absoluto.

Ni yo mismo encontraba las palabras apropiadas para explicarlo. Las entendía bajo una comprensión vaga del significado del universo. De los órdenes, pero, ante todo, de los desórdenes y las fuerzas disipativas marcando las pautas de cada vida, cada legado de la historia, cada mundo distante nacido y destruido en los fuegos de su estrella, y cada una de esas estrellas ahogándose lentamente en insondables pozos de tiempo. ¿Cómo convencer a mentes tan simples de que en la destrucción absoluta nace un nuevo orden? ¿Una realidad diferente?

Todavía necesitaba esa señal que diferencia al falso profeta de un verdadero heraldo de los dioses.

Hasta la noche de primavera en la que mi querido abuelo, a quien la enfermedad no le había nublado del todo el juicio, por ser como yo sangre de Haíta, el pastor, consiguió mostrarme al otro lado de la ventana el astro en llamas blancas: el Lucero de Hali.

—¡Sabía que me había mirado! —abandoné mi asiento y alcé mi mirada al signo que los dioses habían escrito en el firmamento—. ¡Era Haíta! ¡Era Hástur! ¡Y ahora soy yo! —mi padre y mi tío se levantaron con miradas de orgullo cuando me volví hacia ellos triunfante, dejando que la luz de las estrellas difundiera mi sombra en la habitación. Lágrimas brillaron en los ojos emocionados de mi padre. Su hermano le abrazó—. Yo soy el Rey, el Emperador, quien trae la salvación a este mundo.

A mis espaldas, oí los cantos de cientos de fieles que ascendían por la calle, habiéndose atrevido por fin a dejar sus hogares en mitad de la noche. El azul disperso del cosmos cedió al titilante resplandor de numerosos cirios dorados. Sus portadores también habían reconocido al Rey de Amarillo.

Mi abuelo fue el último en levantarse, mas lo hizo con una agilidad insólita dada su edad y, sobre todo, su reciente estado de salud. De repente, su rostro había rejuvenecido y su voz, tan firme como la de antaño, rasgó el misticismo del momento con una declaración pasmosa:

—Yo… no quería provocar esto. Por favor, perdóname, hijo.

Le hablaba a mi padre, quien abandonó el hombro de Ignacio y se enjugó las lágrimas con el puño.

—No pasa nada, papá —sollozó—. No había comprendido de qué hablabas hasta que me he acordado de que mañana es tu cumpleaños. Y ese es el cometa que iluminó tu nacimiento, ¿no? El cometa Halley. Pasó por última vez en 1986. Tu nieto ha debido confundir el nombre con algo que leyó en el libro horrible que se trajo de tu casa.

Quise replicar, mas no pude levantar la voz al comprobar que las lágrimas de mi padre no provenían de un torrente de emoción incontenible, sino de todo un mar de penas y miserias pesando sobre sus ojos negros. No cabía más sinceridad en ellos.

—Vamos —dijo Ignacio, tomándole del brazo—. Dejémosle solo. Ha sido un día muy largo y tiene que descansar. Le diremos a la enfermera de guardia que lo mantenga bien vigilado esta noche.

Los tres hombres abandonaron la habitación y me dejaron sentado en mi camastro. Antes de cerrar la puerta, oí a mi abuelo reflexionar en voz alta.

—Extraños se han vueltos estos días en los que viejos como yo hemos aprendido a convivir con la locura de nuestros más queridos jóvenes.

Alguien echó la cerradura unos minutos más tarde. A juzgar por la ausencia de pestillos en el interior de la habitación, la decisión de protegerme nunca me había pertenecido. Y cuando me asomé a la ventana para recibir a la muchedumbre, descubrí, tras los cristales mohosos y los barrotes oxidados, que ya no habría más cantos, ni voces, ni velas.

La calle pavimentada en negra plata, bajo los álamos somnolientos, compartía el silencio de otra noche a oscuras en la Gran Ciudad.

2 comentarios en “El Lucero de Hali

  1. Este es un buen relato, pasó a la ronda de desempate de la convocatoria de Mitos de Cthulhu. Pero en esa fase lo que primaba era que el relato repescado fuera muy diferente a los que ya habían sido seleccionados, y quizá era ése el problema, que se parecía a otros, le faltaban rasgos claramente distintivos.

    También creo que le faltaba un repaso, en varios puntos la lectura no era muy fluida y hasta confusa. En el jurado hablamos de las posibles justificaciones intrahistoria a ello, debido a la salud mental del protagonista, pero fue igualmente un punto en contra.

    Ánimo porque con un poco de práctica sin duda entrarás en otras convocatorias.

    Saludos,
    Entro

    • Muchas gracias por el comentario, Entro. Sí, ya sabía yo que este relato no las tenía todas consigo. Me llevó más la idea estética de locura, intemporalidad y degradación propia de los relatos de Robert Chambers, que armar una historia sólida y coherente (como dices, yo mismo me refugié en la locura del narrador) o desarrollar una idea más original. Para esto último, hay que leer mucho más y trabajar las ideas con tiempo, antes de ponerse a escribir; y yo me puse demasiado pronto a escribir.

      Pero bueno, tener la oportunidad de haber dirigido el relato a las manos adecuadas me ha dejado con buen sabor de boca, más teniendo en cuenta el nivel de la convocatoria, del que yo mismo estoy disfrutando con el número de la revista en mi mano.

      Para ojos ajenos, hablo de la revista “Calabazas en el Trastero”, que dedicó un número a los “Mitos de Cthulhu”:
      http://sacodehuesos.com/calabazas-en-el-trastero/mitos-de-cthulhu

      Participar en este concurso me llevó a conocer también la página y foro de Leyenda.net, co-administrada por Entro (apócope de “Entropía”), que hará las delicias de cualquier amante de los Mitos que se precie. En dos palabras: ¡Unos máquinas!

      ¡Un saludo!
      Miguel

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