El Ángel Blanco

Había una playa de arena blanca junto a la casa de mi familia, un trozo de tierra firme que el continente le había robado a las aguas del Atlántico en una guerra mucho más larga y lenta que cualquiera de las que la humanidad haya librado hasta la fecha. Fue en ese interminable océano de dunas en miniatura donde nació mi pasión por explorar. No he olvidado ese día de mi niñez en el que rescaté una pequeña sortija de oro de ser sepultada en la arena por los vientos fríos y húmedos que se abatían sobre la costa desde el norte, y, sobre todo, la fascinación que despertó en mí el sustraer tan ínfimo secreto de un mar de improbabilidades y descubrir en él las intimidades extintas del hombre.

Desde entonces, he perseguido gozar de esa sensación una y otra vez. Un placer puntual se convirtió en una afición juvenil; la afición se transformó en reto, y el reto me marcó el camino de una profesión: la exploración espacial. La playa de mi infancia se tornó minúscula y sus secretos olvidados por el ser humano, simples anécdotas si se comparan con las indiscreciones de Dios perdidas en algún lugar del cosmos.

Pero, incluso en tan magno escenario, las maravillas pueden manifestarse en formas tan poco llamativas como la anomalía que el radar de la nave Exploradora Verusa detectó al final de la jornada ciento catorce, cuando nos acercábamos a los planetas externos del sistema Procyon B. Al igual que la señal generada por cualquier cuerpo rocoso, podría haberla ignorado sin más o haberla tratado como un mero obstáculo de los tantos que habíamos encontrado. Pero la mancha sobre la pantalla poseía el destello intrigante de la joya en medio de la playa que, aun invisible a los ojos, deslumbró una vez la intuición de un crío.

Clarke y Moebius, los otros tripulantes que me habían acompañado en la Verusa desde que ésta abandonó las colonias de Zera Cuatro, regresaron al puente al recibir mi aviso. El lenguaje de la intuición se hace incomprensible para quien no ha sabido nunca prestarle atención, y con él tuve que explicarles la razón de que quisiera iniciar una maniobra de aproximación a ese objeto desconocido.

—Hay un campo gravitatorio muy intenso generado por ese gigante gaseoso —apuntó el oficial de navegación Clarke con su habitual actitud diplomática—. ¿De verdad quieres reducir la velocidad? Vamos a perder bastante combustible en la maniobra.

—Mira ese rebote —señalé la mancha en la pantalla del radar con el dedo—. ¿No te parece el de una nave?

—O de un cuerpo ferrolítico —Moebius se había dejado caer sobre el asiento del piloto y aproximaba su rostro ancho y anguloso a la pantalla.

Sacudí la cabeza.

—Llevo un par de horas analizando la hipérbola de su trayectoria; es demasiado abierta como para encontrarse atrapado por la gravedad del planeta… incluso del sistema. Creo que se trata de un cuerpo exterior que se mueve algo por encima de la velocidad de escape, como nosotros.

—¿Una nave? Según el Control de Zera, somos la única misión destinada a un sistema tan distante —anotó Clarke, ocupando también su asiento en la parte posterior de la cabina—. No encuentro razón para perseguir ese borrón en el radar.

La tensión del silencio cosquilleó mis labios y me provocó en ellos la sonrisa que llevaba escondiendo ya largo rato.

—¿No te parece esa una buena razón?

Así fue como cancelamos temporalmente el plan de vuelo y emprendimos la persecución del objeto extraño, aproximándonos a la órbita de una de las lunas del planeta de aspecto joviano. Al cabo de una hora, éste entró en el alcance de los escáneres de la Verusa, que reconstruyeron en los monitores del panel de mando un perfil fusiforme bastante evidente. Mis dos compañeros no volvieron a negar más que se tratara de un cuerpo artificial, y conforme adquiríamos consciencia del descubrimiento, mayor era la emoción compartida mediante especulaciones. Pues muy pocas naves tenían la capacidad de viajar grandes distancias en el espacio profundo, y ninguna de ellas guardaba parecido con la que los sensores de la Exploradora nos revelaban. Moebius tampoco captó su baliza de radio; sólo halló rastros de radiación electromagnética de baja intensidad y frecuencia. La nave sin identificar parecía dormir y su ronquido mudo era lo único que alcanzaba a los sentidos de la Verusa.

—La señal en el infrarrojo es muy baja. Parece que va a la deriva —el piloto se volvió hacia mí—. ¿Una sonda, tal vez?

—¿Te has fijado en el tamaño? —repliqué yo— Es mayor que esta nave. ¿Cómo va a ser una sonda?

Nuestro objetivo tomó la forma de un punto oscuro en contraste con la superficie cenicienta de la cuarta luna del gigante gaseoso, y creció de manera gradual hasta protagonizar la escena tras el cristal. Durante ese tiempo, el propio vacío del espacio profundo, el mismo vacío corrupto de las cosas que, simplemente, no tienen que estar ahí, aquel que el fantasma de metal desalojaba con su increíble volumen, se fue instalando en el interior de la cabina, colapsando el espacio que restaba para cualquier comentario, interjección o suspiro en el pecho de sus ocupantes; allí no era el agua lo que subía de nivel, sino la duda, la expectación y, de alguna forma, también la inquietud; a nadie le quedaba ya voz para exclamar un «¡Eureka!»

La nave tenía la forma alargada y aerodinámica propia de una lanzadera orbital, pero cuadriplicaba su tamaño, con unos motores inmensos acoplados al costado y a la parte trasera y una barriga abultada bajo unas alas cortas, que debía ampliar el espacio del almacenamiento. El aspecto externo del casco no ayudaba a disipar las dudas sobre la contingencia de aquel objeto que, por algún milagro, todavía conservaba su integridad; a simple vista, podían percibirse grietas, quemaduras y manchas de óxido en algunos rincones, que revelaban puntos condensación y, por tanto, escapes de aire o líquidos. Si existió alguna identificación en el fuselaje, ésta había desaparecido ya.

Moebius condujo la Verusa alrededor de la nave desconocida, intentando encontrar un punto de entrada.

—Sobre el ala hay un acceso, pero no parece una escotilla de comunicación al uso. Tampoco reconozco los motores ni el sistema de propulsión.

Clarke, a nuestras espaldas, aunque estirando el cuerpo para asomarse a contemplar el hallazgo, soltó una risotada nerviosa.

—¿Hay algo que reconozcáis? —preguntó— No sé… ¿Es humana?

No hubo respuesta. Ni más risas. Tras varios intentos de contactar por radio con la tripulación de la nave sin resultado, todo parecía indicar que íbamos a tener que cebar de nuestra curiosidad las entrañas de aquella mole oscura.

Moebius y yo reuníamos cierta experiencia en protocolos de rescate, aunque no contábamos con las herramientas adecuadas e improvisamos algunas soluciones sobre la marcha. El primer paso consistiría en comprobar las condiciones internas de temperatura, presión y composición del aire, y detectar rastros de supervivientes. A falta de escáneres sofisticados, decidimos echar mano de un microperforador-soldador con un cabello sensor acoplado. Luego, tendríamos que valernos de la propia cámara de despresurización de la nave, localizando la escotilla adecuada, desbloqueándola y, sobre todo, cruzando los dedos. No era el remedio más ortodoxo, pero no se nos ocurrieron más alternativas viables a tres años luz de la estación más próxima y sin la posibilidad de llamar a un equipo de rescate.

Así que los dos nos lanzamos con los trajes sobre el casco de la nave. Mientras el piloto examinaba el mecanismo de la escotilla sobre el ala me armé con el perforador y, al igual que un torpe mosquito sin alas, piqué la superficie de la nave en diversos puntos distantes para tomar lecturas, en un proceso largo y agotador, como toda labor desempeñada sin la asistencia de la gravedad.

—Las condiciones internas son marginalmente aceptables —anuncié por radio desde el otro extremo de la nave—. La presión y la temperatura son bajas, no obstante, así que yo me dejaría el casco puesto. Las ventanas están empañadas y no puedo ver el interior, aunque los sensores no muestran ni microcorrientes ni alteraciones térmicas. Detecto también un nivel de radiación gamma muy por encima de lo habitual.

La voz alarmada de Moebius llenó mi casco:

—¿Peligroso?

—No me quedaría a vivir ahí, desde luego, pero es seguro para nosotros.

—Estupendo. Yo he dado ya con el cierre. Es exclusivamente mecánico y se puede destrabar desde fuera… Hay una trampilla… —su habla comenzó a rasgarse bajo algún esfuerzo que yo sólo podía imaginar—. ¡Vaya! Esto es interesante: hay un texto escrito en un idioma que desconozco, pero algunos caracteres se parecen a los nuestros; aunque con una caligrafía bastante poco común. A ver…

Hubo una pausa, y sólo las exhalaciones nasales de Moebius describían sus tareas. Aproveché para recoger el sensor y volver a la posición de partida, junto a la escotilla.

Entonces, la radio explotó en una nube de estáticas, chisporroteos y gritos humanos que parecieron encoger el casco sobre mi cráneo, y que se apagaron al instante.

—¡Moebius! ¿Qué haces? —el violento ruido me había ensordecido de tal forma que mi propia voz sonaba distante. Llamé a mi compañero repetidas veces, en vano—. Clarke, ¿qué ha pasado? ¿Puedes verlo?

Tampoco recibí respuesta desde la Verusa. Me precipité a toda velocidad hacia la escotilla, aprovechando los pocos asideros que ofrecía el exterior del fuselaje; el mareo de los primeros paseos espaciales regresó a mí después de muchos años, catapultado por la vacua sensación de pánico que enfriaba mi piel desde debajo y aliándose con la ingravidez para filtrarse en músculos, huesos y cabeza. Las molestas manchas de vaho sobre el visor, mi respiración retumbando dentro del caso, los chispazos de estática en la radio, todo lo que ocurría bajo la estrecha atmósfera adherida a mi rostro adquirió en mi mente la espesa esencia de la realidad misma, mientras que los fenómenos y objetos del exterior se desprendían de su sensorialidad y repudiaban la física que los regía para denigrarse en las sombras de la imaginación. Acababa de rebasar el dorso de la nave, cuando, desde detrás del horizonte que brindaba su superficie curva, emergió un cuerpo flotante vagamente iluminado por la luz blanquecina del sol que encabezaba aquel lejano sistema. Me quedé paralizado. Tan sólo me atreví a inclinar la cabeza hacia uno y otro lado para intentar hallar un hueco entre las vaharadas que mi respiración furiosa había dejado sobre el visor. Aquello no se parecía a mi compañero, desde luego, o eso quise pensar en un intento inconsciente de hallar alivio. Atisbé con meridiana claridad el boceto raquítico de una figura humanoide grotescamente dibujada entre las estrellas, inánime, con extremidades cortas arqueadas y envuelta en jirones de tela gris.

La silueta acabó por fundirse en las infinitas sombras del firmamento, y con ella, todo el arrojo, la voluntad y el tesón que atesoraba mi alma de explorador quedaron anquilosados entre horrores propios de cuentos de mi infancia. Pues junto a la vieja casa de mis padres, en la playa, había también un bosque que intimaba con antiguos acantilados de piedra caliza, ahora aislados tierra adentro; y para evitar que los niños se aventuraran a explorar los sistemas de cuevas que existían tras las escabrosas paredes de roca, los mayores nos sembraban éstas de historias terroríficas sobre hombrecillos sucios, de ojos redondos, piel macilenta y extremidades cortas y toscas.

Los bosques y las cuevas siempre produjeron en mí la morbosa atracción de lo prohibido, y mi mente escéptica trató al principio de zafarse de la plétora de rumores que circulaban por el lugar. Sin embargo, la mente escéptica también es de naturaleza observadora: muy pocos de mis compañeros de juegos habían reparado en las pisadas de pies pequeños que, de forma esporádica, aparecían en la arena húmeda al amanecer; o habían prestado especial atención a las voces susurrantes que se colaban por la ventana algunas noches sin luna, cuando todo el mundo dormía; o habían desenterrado un anillo de oro perdido que les quedase perfectamente ajustado al dedo y, que, al cabo de los años, no les cupiese ni en el meñique.

Ahora bien, sólo la distancia en el tiempo une dos hechos aislados, como quien observa juntas dos estrellas desde la Tierra cuando en realidad a éstas las separan centenares de años luz. Jamás he podido pasar por alto que mis padres vendieran la casa de la playa sin motivo aparente para trasladarse a la gran ciudad.

El peor fantasma era la sospecha de una realidad única que se manifiesta desgajada, e incluso uno de sus retazos asoma en lugares tan distantes en el espacio y en el tiempo como aquél.

—¡Mel! ¿Me recibes tú?

La radio volvió a la vida y me devolvió cierto contacto con la realidad, siendo adalid de ésta la voz electrificada de Clarke.

—¡Clarke! —respondí a la llamada apresuradamente, y, de inmediato, inundé la transmisión de preguntas, ignorando si éstas estaban siendo recibidas.

—No, Mel: no he visto nada salir de la nave. Pero la escotilla está abierta y parece que Moebius ya ha entrado. No recibo su señal. Puede que su radio se haya averiado.

Al llegar a la escotilla, la puerta se encontraba abierta de par en par, dejando a la vista el interior de una cámara estrecha. Allí encontré a Moebius, con un brazo fuera y otro dentro de la nave, abrazado al marco de la escotilla. Cuando me vio llegar, empezó a mover sus labios bajo el visor de su casco, y yo le hice un gesto para indicarle que algún elemento de la transmisión entre los dos no funcionaba. Su rostro, a pesar de la escasa luminosidad del ambiente, despedía destellos provocados por el sudor de los pliegues de su piel, deformada por la tensión que las mandíbulas habían sostenido ya largo rato; su mirada, anclada en el infinito más allá de la exploradora Verusa, atestiguaba la causa de su miedo. Le conduje hacia el interior de la nave dormida.

Una vez allí dentro, cerré la escotilla con premura, supongo que agitado por el impulso inconsciente de mantenernos a salvo del horror recién liberado por mi compañero; ese horror sólo descrito por la expresión congelada en la cara de Moebius, bloqueando el único canal de comunicación que nos quedaba, sin radio y a falta de un medio físico que transmitiese el sonido. Al activar la linterna que llevaba acoplada en el casco, un haz de luz azulada iluminó el techo e hizo refulgir cientos de partículas que flotaban con nosotros y se acumulaban sobre el visor, distrayendo momentáneamente mi atención de las machas negras que de inmediato había avistado en varios rincones y sobre las que no quise volver a pensar, por lo menos, hasta romper el sólido silencio que el vacío alzaba entre el piloto y yo. Al otro lado de la escotilla, había una puerta que parecía sellada, y, a su lado, di con un panel de mandos en el que dominaban dos botones, uno verde y otro rojo.

La grafía que rotulaba tanto el panel como algunas partes de la sala me era completamente desconocida, de aspecto simple y arcaico, pero no así el código de colores rojo y verde. Si los diseñadores del panel habían recurrido a asociaciones humanas, el rojo se encontraría vinculado a una acción peligrosa, como la descompresión, y, el verde, a la compresión. Así ocurría en la Verusa. Y así sucedió en la nave perdida que ahora pisábamos. Tras pulsar el mando verde, un siseo creciente desplazó la sensación de aislamiento en cuestión de minutos, cargando la cámara de ruidos reverberantes que hicieron que, pese al aire, el espacio se tornara más asfixiante.

Me volví hacia mi compañero, que trataba de atisbar algo tras una pequeña ventana circular enmarcada en la escotilla interior.

—Por Dios, Moebius, ¿qué ha pasado? ¿Qué era eso? —le pregunté, dudando todavía si el sonido alcanzaría sus oídos.

—¿Has podido verlo? —su voz sonaba cavernosa y apagada, pero legible, tan sólo alterada por su respiración y su cadencia furiosa, que atropellaba unos vocablos con otros—. Me ha dado un susto terrible. Salió despedido con el estallido de aire cuando forcé la escotilla. Sin duda, debía estar defectuosa. ¡Y ese…! Parecía humano, pero del tamaño de un niño… Y su cara todavía conservaba la piel, aunque estaba aplastada… Y sus ojos vacíos… No tenía traje.

Coloqué una mano sobre el hombro de Moebius, e intenté tranquilizarle. No le convenía atravesar la escotilla interior en ese estado. Aunque, en realidad, a esas alturas, la imagen de intrepidez que yo trataba de proyectar no era más que una silueta, una sombra chinesca, recortada sobre la verdadera forma de un terror que poco a poco estrangulaba la boca de mi estómago. ¿Qué habría llevado a aquel ser a quedarse encerrado en una cámara de descompresión? ¿Qué sentimiento de desesperación le habría empujado allí? Tal vez, los hombrecillos que mis fantasías habían traído desde la Tierra a aquel extraño escenario sólo portaban el horror como un disfraz, y su verdadero origen descansaba en el algún rincón de aquel vagabundo metálico perdido en la soledad de una estrella lejana.

Todas estas sensaciones que, en el momento, me habría costado confesar a mis dos compañeros, se presentaron justo cuando me encontraba a un paso de dar con el mecanismo que abría la puerta hacia el interior, dejando que la duda entorpeciera mis dedos con más efectividad de lo que lo habrían hecho unos guantes nuevos.

Abrí la puerta soportando la vergüenza de quien pretende sonsacar una intimidad a una persona dormida.

La horrenda fantasía de mi infancia se explayó en cada rincón del largo pasillo que quedó al descubierto, un espacio cuadrangular oscuro y, sobre todo, estrecho. Mis sentidos no estaban siendo presa de ninguna claustrofobia desatada por el miedo, pues mi cuerpo y mi mente habían acumulado años de vida en espacios tan reducidos como las cápsulas de hibernación. No. En aquella ocasión, el pasillo que la luz de mi linterna iluminaba parecía un conducto auxiliar de mantenimiento o cualquier espacio marginal de una nave, salvo por la ausencia de paneles, tubos, circuitos o cualquier otro mecanismo operable oculto al trasiego habitual de la tripulación.

Fue extraño que, pese a las condiciones de microgravedad, tuviera la sensación de caer por un pozo cuando comencé a deslizarme por el pasillo. Pensé en la proximidad de la luna. De forma menos racional, mi mente bulló con más recuerdos del pasado: advertencias de padres y profesores sobre los peligros de andar por zonas demasiado tupidas, que escondían grietas profundas en el suelo, sobre el sistema de cuevas que tanto apeló a mi curiosidad un día. Mis manos y mis pies no se separaron de la cubierta sintética resquebrajada de las paredes y el suelo. Observé moho en la salida de algunas rejillas de ventilación; pequeñas manchas negruzcas de moho vulgar, devorando los productos degradados de un plástico igualmente vulgar en el interior de una nave que, salvo por su tamaño y los rótulos en lengua extraña, podía pertenecer a cualquier espacio interior concebido por el hombre, utilizado durante décadas y, después, abandonado a su suerte tiempo atrás.

Me detuve a tomar una muestra del hongo.

—¿Será peligroso? —la voz atenuada de Moebius surgió a mis espaldas.

—A mí me parece moho. El moho que puede aparecer en las paredes del baño —horas más tarde, confirmaría estas palabras apoyándome en el examen visual bajo el microscopio habilitado en el pequeño laboratorio de la nave exploradora—. Alguien se saltó los protocolos de seguridad sobre riesgo biológico…

Fruncí el ceño, lo que, aislado en mi casco y ajeno a los ojos de mi compañero, tuvo el mismo sentido que un pensamiento silenciado por un censor externo. Desde hacía tiempo, en la Tierra, habían existido cepas de hongos y bacterias capaces de degradar plásticos bastante sólidos, con lo que el diseño de materiales sintéticos se había dirigido, entre otras cosas, a mejorar sus propiedades xenobióticas. En cambio, aquel material había acogido ya múltiples colonias de un hongo de apariencia terrestre, lo que sólo podía significar que el sustrato sintético debía ser antiguo y la nave había permanecido largo tiempo sin supervisión.

No añadí nada más. Sólo recogí un trozo diminuto del plástico de la cubierta y lo guardé en otra bolsita hermética, junto a aquella en la que había depositado la muestra biológica.

Continuamos deslizándonos con el impulso que nuestros brazos tomaban en cada asidero, y así alcanzamos otro pasillo, perpendicular al primero y mucho más largo, aunque de una sección igualmente reducida para nuestros cuerpos anquilosados en los trajes de exploración. Todas las aristas que daban sentido a aquel espacio convergían en una puerta entreabierta al fondo, de la que emanaba una luz plomiza muy débil si se comparaba con la luminosidad de nuestras linternas, aunque con un matiz que la hacía distinguible del brillo homogéneo y burdo de cualquier fuente artificial. Por supuesto, el origen de la luz no suponía un misterio, pues llevábamos cerca de una semana observando el interior de la cabina de la Verusa bajo la luz de la estrella pálida que coronaba aquel sistema; sin embargo, se palpaba con inusitada intensidad al contacto con la atmósfera aislada y rancia de la nave, sus volúmenes desconocidos, sus superficies disueltas en costras de múltiples grises, verdes y azules metálicos, e, incluso, en las sombras que yacían sobre paredes y techos como cadáveres de las formas que un día habían tenido vida. Cada reflejo de la luz mortecina era un fuego fatuo sobre el alma extinta de la nave. Sobrecogido por esta singular percepción, me sentí empujado a encontrar cualquier rastro de vida distinta al moho que acababa de raspar de la pared.

Al abrir las puertas, las masas de aire atrapadas durante años se mezclaban en lentas corrientes que lanzaban pequeñas nubes de polvo al espacio ingrávido, de forma que, tras profanar varios compartimentos, se levantó una neblina casi imperceptible. Los primeros lugares a los que accedimos nos brindaron una inesperada decepción: anodinos espacios de almacenamiento de material u otra función desconocida, aunque tan sorprendentemente similares a los de cualquier nave al uso que no tardamos en soslayarlos en busca del siguiente habitáculo cerrado. El primer punto que atrajo nuestra atención fue un camarote con pequeñas literas.

Hasta ese momento, el salto de escala al que nuestros ojos trataban de adaptarse podría haber hallado una explicación menos extravagante; tal y como Clarke me sugirió desde la Verusa, con la única referencia de las descripciones que yo le proporcionaba, el reducido tamaño de las áreas de tránsito se encontraba dentro de lo normal en el esquema de eficiencia espacial que habría guiado el diseño de cualquier astronave antigua. Pero aquellos camastros no dejaban lugar a duda: habían sido dimensionados para un cuerpo más pequeño que el nuestro.

—No sé qué pensar, Mel —la radio de Moebius seguía sin funcionar, y su voz me continuaba llegando desde una distancia falsa, como quien le habla a uno en sueños—. Desde luego, mis ojos no me han engañado: los tripulantes de esta nave parecen distintos.

A mí no me inquietaban las diferencias, sino las similitudes. El diseño interior de la nave, los objetos cotidianos, algunos paneles e, incluso, los rasgos indudablemente antropoides que Moebius y yo llegamos a identificar en el ser que había salido flotando desde la escotilla. Incluso el propio impulso de suicidarse en una cámara de despresurización parecía una idea nacida en la propia desesperación humana frente a unas expectativas funestas.

Después de ese momento, no recuerdo el orden exacto en el que llevamos a término la primera inspección, pues el descubrimiento que nos aguardaba al final de ella agitaría los acontecimientos en mi malograda memoria. Además, la mayor parte del conocimiento que llegamos a recopilar sobre la nave perdida sería reconstruido en el viaje de regreso a Zera, por lo que me cuesta atribuirlo al instante exacto en el que las pruebas fueron halladas. Por ejemplo, Moebius estudiaría los sistemas de propulsión y navegación de la nave dos días después. Tal y como sospechamos en un principio, ésta carecía de sistemas de desplazamiento superlumínico; el piloto la describiría como “una tartana montada sobre una bomba nuclear”. El material que servía de combustible era inestable y se encontraba protegido por un sistema de refrigeración que, por algún milagro del Universo, no había fallado. La tecnología era obsoleta, pero siempre reconocible en todos sus mecanismos. En cualquier caso, la pregunta que nos formularíamos en ese momento poco tendría que ver con la disposición de la tripulación al riesgo, sino que retrocedería al verdadero interrogante: ¿cuál era el origen de la nave?

—Este sistema no ha podido ser diseñado para navegar grandes distancias —explicaba Clarke—. Es simplemente imposible. La nave habría tardado más de quinientos años en llegar desde el planeta Tierra a donde estamos ahora.

—Fíjate bien en su estado: esa estructura ha podido acarrear cientos de años de desgaste; no me extrañaría —Moebius llevaba algunas horas hablando de manera pausada, deteniéndose a meditar el peso de cada una de sus cansadas palabras con su gran barbilla medio descolgada, que escondía de vez en cuando entre sus manos pálidas—. Aunque teniendo en cuenta que nunca hemos sido capaces de observar el proceso de degradación de los materiales en el espacio más de cinco o seis décadas, cualquiera sabe cuánto tiempo lleva ahí fuera.

—¿Y qué? ¿Me quieres hacer creer que una tecnología así existía en la Tierra antes de la Revelación?

—¿Por qué lo descartas? Esa nave no tiene mecanismos que sugieran un conocimiento de la física unificada —observé yo. No puedo asegurar que mi aspecto y comportamiento fueran muy diferentes al del piloto; tan siquiera me aventuraría a distinguir qué partes de la conversación correspondían a una realidad compartida o a un monólogo interno.

—¿Insinúas que eso puede venir de la Tierra?

Eso no se trataba de la nave abandonada. Clarke no había vuelto la vista hacia el exterior de la cabina, sino hacia nuestro propio almacén. Tampoco se refería a la muestra biológica que tomé de la pared del pasillo, cuya identidad revelada convertía mis insinuaciones en afirmaciones rotundas, permitiéndome al mismo tiempo mantener oculto el auténtico origen de las mismas.

Simplemente, no se nos había preparado para esto. Sí, habíamos estudiado en nuestro adiestramiento el protocolo en caso de un contacto con una entidad alienígena inteligente. Moebius, Clarke y yo habíamos discutido en incontables ocasiones la probabilidad de ese encuentro durante los meses que había durado la misión, pero con una actitud similar a quien bromea sobre qué actriz famosa se llevaría a la cama en una noche de pasión ficticia. Tal era el grado de puritanismo arraigado en nuestra sociedad que incluso había anidado en los ámbitos más racionales del saber. Por suerte, en las colonias no existía un control tan exhaustivo por parte de los poderes moralistas, y se solía hablar de todo conocimiento velado, sobre todo, el que se refiere a los sucesos que precedieron a las Grandes Guerras y, en esencia, a la Revelación, que marca el inicio del único eje cronológico que se estudia en las escuelas.

Mi padre era biólogo, y, después de mudarnos a la ciudad, se volcó en su carrera investigadora. Recuerdo que, durante los últimos años antes de irme de casa, se había aquejado del recorte de presupuestos que habían sufrido distintas áreas ya de por sí mermadas, como, en su caso, la antropología biológica y la biología evolutiva. Durante la cena, se prodigaba en insultos contras los «tecnólatras del gobierno». Poco a poco, me percaté de que las escuelas no habían hecho otra cosa más que inspirar en nuestra generación un sentimiento de espiritualidad y casi divinidad hacia la tecnología que nos rodeaba, y que mi padre criticaba siempre en privado. Pues, aunque no se contase nunca con claridad, la Revelación era un evento espiritual en el que la humanidad había visto la luz del saber tras miles de años en la sombra y el desconcierto; paradójicamente, ese saber tenía poco que ver con la historia de los años precedentes, y, en todos los casos, siempre procedía de una fuente exterior.

La acepción de «exterior»había generado distintos movimientos de la fe revelacionista en la Tierra. Para unos, era un plano de existencia ajeno al conocimiento; para otros, suponía un lugar de nuestra realidad material fuera de la Tierra. En los dos casos, una entidad mitológica había mediado en la transmisión del conocimiento, a menudo representada como niños cabezudos de piel nívea. Mi madre los llamaba «ángeles blancos». Al principio pensé que inventaba esas historias para aplacar mis inquietudes sobre los seres del bosque, cuando me encontraba insomne dando vueltas sobre la cama a la hora a la que solía visitarme para apagar la luz de mi habitación; sin embargo, muy pronto comencé a compartir con otros niños las mismas historias. Los ángeles se encontraban en todas las casas, en toda mente inspirada; en todo toque de ingenuidad, más allá de la razón, guiando a la propia razón hacia nuevas fronteras. Solían llamarlos también «genios», inteligencias superiores que formaban parte de nuestras propias mentes, capaces de trascender la degradación del cuerpo. Creer en ellos suponía un acto de racionalización natural del hecho de la muerte cuando aún éramos jóvenes, así que asimilábamos su existencia con cierta naturalidad.

Años más tarde, el propio trasiego de la vida, como el río turbulento cuyas espumas niegan la visión del borde de la cascada, nos hacía olvidar cualquier reflexión prolongada sobre la muerte, y con ella, los mitos sustentados por miedos sobre lo trascendental. No obstante, jamás oí a nadie pronunciarse en contra de la existencia de los genios o los ángeles blancos o cualquier nombre que sus parientes le hubiesen otorgado a una personificación del alma humana.

—Moebius, ¿qué me puedes contar sobre la historia de la Tierra antes de la Revelación?

—Pues las Grandes Guerras…

—Antes.

—La Guerra acabó con todo vestigio de lo que se conocía previamente, aunque era una sociedad barbárica, en esencia. Simplemente, la Revelación salvó a unos pocos de esa oscuridad…

Era habitual que cualquier conversación sobre historia regresara al momento de la Revelación, así que la contestación del piloto no me tomó por sorpresa.

—«Oscuridad» es un término poético. Una alegoría. No es nada, salvo la respuesta de un crío, Moebius. Maduremos: ningún ser humano ha estado tan lejos de la Tierra ni ha visto lo que acabamos de ver nosotros ahora —asumo que dije algo parecido a esto; estaba muy nervioso para retener las palabras con las que me expresé exactamente—. Tal vez el error sea asumir que no existió una civilización avanzada antes que la nuestra, capaz de enviar misiones al espacio profundo. ¿Por qué no atribuir parte de nuestra herencia cultural y científica a una raza ancestral, que habitó la Tierra antes de la Revelación?

»¿Y si los ángeles blancos existieron, pero no en los cielos, ni en espacios inmateriales, sino sobre el suelo que nos asentamos nosotros? ¿Y si ellos eran esa raza avanzada, de la que aprendimos todo lo que sabemos hoy día y que, por algún motivo que nos avergüenza, decidimos extirpar de nuestra historia?

Aquellas últimas palabras eran un eco distante a años luz de su origen genuino: uno de los últimos discursos que mi padre pronunció para la Sociedad Antropológica antes de que esta institución desapareciese. Dicho discurso se convertiría en el movimiento de obertura hacia el orquestado final de su carrera. Él había aportado pruebas genéticas que apoyaban una tesis defendida por buena parte de los investigadores de la rama antropológica: la existencia de una discontinuidad en la borrosa cronología humana, marcada por un choque de civilizaciones; una de esas civilizaciones habría dominado el mundo durante siglos, antes de que la segunda irrumpiera en su trascurso y borrara todo vestigio de la anterior, sin perjuicio a atribuirse sus méritos e, incluso, legitimar su ocupación alegando pertenecer a una estirpe más antigua, más fuerte o imbuida de algún conocimiento ultraterreno. Lo que mi padre aseguraba, además, era que ambas razas habían sido muy diferentes en términos biológicos, y que, a juzgar por la homogeneidad genética del hombre actual, las Grandes Guerras habían sido un acto de exterminio por parte de la raza dominante o elegida. Esto constituye un pilar en la fe de la Revelación: la intervención de Dios en la salvación de una minoría, otorgándole un conocimiento avanzado.

Tal vez fuese cierto que ese conocimiento había venido de fuera. Tal vez sólo procediese de sus antecesores proscritos. En cualquier caso, la figura del ángel blanco, según entendí en la dialéctica confusa de mi padre, se manifestaba como un mecanismo propio de la tergiversada psicología humana: aquellos espíritus blancos vivían en la conciencia colectiva de nuestra estirpe como un reflejo de culpabilidad por unos actos macabros perpetrados hace siglos. Puede que nos tranquilice pensar que liberamos sus almas en pos del orden y la razón y conviven con nosotros. Quizás nos sintamos racialmente exculpados por el hecho de atribuir su figura a nuestros salvadores, pues el acto de librarnos de ellos, y no el mero salto tecnológico, fue lo que sentenció nuestra supervivencia.

Clarke sacudió la cabeza y dejó caer medio rostro en una sonrisa amarga.

—Mel, lo ocurrido ayer nos ha impactado a todos, pero creo que estás desvariando. En Zera nos darán una respuesta sobre nuestro hallazgo; hasta entonces deberíamos dejar las especulaciones…

Yo observé de reojo a Moebius, que había permanecído en completo silencio desde mi mención del ser mitológico. Clarke ignoraba que yo no había sido el primero en sugerir la idea de los ángeles blancos. Pero la radio del piloto había seguido sin funcionar el día anterior cuando realizamos el descubrimiento que cambiaría nuestra visión de todo. El único registro fehaciente que el oficial de navegación recogió desde la exploradora fue mi respiración entrecortada, acompañada de un orfeón de gemidos lastimeros y gritos angustiados que, por supuesto, no procedían de mí (al menos, los que yo recuerdo). Nuestros testimonios sobre lo ocurrido no son mucho más lúcidos.

Porque insisto en que nadie nos había preparado ni podría haberlo conseguido, aun con el aleccionamiento mental más concienzudo. Dudo que, incluso, el hecho en sí pueda ser explicado como un supuesto. Yo suelo remitirme siempre a ese sueño recurrente en el que la persona dormida abandona su cuerpo y es capaz de observarlo desde el exterior, sólo que en mi experiencia, que, aun siendo vigil, rozó la desvanecida intensidad de una fantasía onírica, resultaba asimilable a permanecer en el propio cuerpo y observar cómo mi propia alma se materializaba delante de mis ojos.

Una vaharada de aire gélido empañó los cristales del casco cuando accedimos a unos de los compartimentos sellados. El último pensamiento organizado que mi memoria retiene fue haber observado varios cilindros metálicos tan altos como el techo, suponiendo que, en mi percepción desorientada por la ingravidez, lo que había identificado como base coincidía con un supuesto suelo. Luego, se escuchó un pitido, y vi al torpe de Moebius apartar rápidamente la mano de un panel de mandos que, sin previo aviso, cobró vida. Hubo un momento de espera, veinte minutos, según los más objetivos cálculos de Clarke, de los que no dediqué ni un solo segundo a culpar a mi compañero de su accidente, pues me hallaba convencido de que con él había desencadenado algún proceso que nos mostraría por fin a los creadores de aquella nave perdida.

Uno de los cilindros metálicos comenzó a emitir un zumbido de baja frecuencia. En realidad, el sonido se había iniciado mucho antes, y sólo se volvió perceptible con la asistencia de un terrible dolor de cabeza que se incrustó bajo mi cráneo. También estudiaríamos más tarde los cilindros, y descubriríamos en ellos un sofisticado mecanismo de hibernación por animación suspendida que ya fue descartado por los expertos los primeros años de exploración espacial. Trascurrido ese tiempo de espera interminable, el cilindro se abrió y una densa nube de agua se esparció por la sala, disfrazando la forma de objetos desconocidos en sombras sugerentes tejidas entre las luces de nuestros cascos y el resplandor creciente que procedía del interior del cilindro. Poco a poco, advertimos que el resplandor no era homogéneo y se encontraba quebrado por una silueta humana.

Pero entonces lo enfocamos con nuestras linternas, tras intentar como estúpidos disipar la niebla con nuestros brazos. Allí estaba. No me detuve a meditar sobre su estatura, sobre sus pies y manos diminutas de dedos cortos, sobre sus brazos y piernas encanijadas, un torso flaco que dejaba a la vista la forma de sus escasas costillas. Era su cabeza enorme montada sobre un cuello frágil, su rostro denudado de inteligencia, de ojos pequeños en ese momento ocultos tras los párpados, en el cual destacaban prominencias difícilmente comparables a la nariz y los labios de una persona; su piel, blanca, casi transparente, como la arena cuarzosa que formaba el paraíso de mi infancia, y sobre la que ahora rememoraba las huellas misteriosas que descubría por las mañanas, se ceñía a sus huesos al igual que un traje mal puesto. Islas de abundante pelo oscuro invadían su cabeza, salpicaban su pecho y se escondían en las oquedades de un cuerpo raquítico.

No me inspiraba lástima alguna. Tampoco fascinación, ni interés científico, ni deseos de que cobrase vida. Sentí auténtico horror hacia aquella ofensa a nuestra humanidad y, en el fondo de mi ser, deseé con toda mi alma que estuviera ya muerto. No quería sentir aquello. Desconocía el origen de semejante rechazo visceral. Y, por primera vez en mi vida de explorador, titubeé al filo de los desconocido y quise no haber estado nunca allí, ni haber abandonado la faz de la Tierra. Y la culpa cristalizó mi sangre bajo mi estómago. Supongo que lloraba. Al mismo tiempo, oí algo parecido a una risa dentro del casco de Moebius, aunque con una cadencia martilleante, y un timbre ahogado, seco, que con toda seguridad le estaría provocando dolor en su garganta. «Es un ángel blanco», no cesaba de repetir en su singular arrebato de histeria. Luego, imaginé que también estaría llorando.

Justo después, sucedió lo que ninguno esperábamos. Desconozco el instante exacto en que lo descubrí. Simplemente, cuando mi mirada dejó de nuevo de proyectarse sobre la masa de barro sucio, mezcla de instintos y recuerdos internos, me encontré unos ojos grises, de pupilas diminutas, cerradas, a través de los cuales no podía adivinarse intención ni sentimiento alguno. Noté la mano de Moebius tomando mi antebrazo con una fuerza descomunal. Los párpados de la criatura se abrieron más y más. Los músculos de su cara se contrajeron al mismo tiempo, sus brazos y sus piernas convulsionaron, y su boca se abrió de par en par, hasta que sus labios se estiraron, mostrando dos hileras de dientecillos cortos y abundantes.

Comenzó como un gemido ahogado, y fue seguido de un sonido articulado por labios dientes y una lengua gruesa y rosada. Pensé que pretendía hablarnos, pero, en realidad, creo que sólo se hablaba a sí mismo. Entonces, cuando decidí que había llegado el momento de dar el paso, mi primer impulso por comunicarme con esa tercera presencia en el habitáculo fue aplastado de inmediato por el grito más atroz que he oído en mi vida. La patética criatura comenzó a bracear en el aire, como si estuviese cayendo de un precipicio, y los movimientos violentos terminaron por darle impulso hacia donde nos encontrábamos. Moebius y yo nos apartamos inconscientemente. Mi compañero me decía algo, pero yo ya no prestaba atención a nada. Creo que él pretendía que hiciésemos algo al respecto. Yo había cerrado los ojos, creo. O mi cabeza no fue capaz de formar imagen alguna tan abrumada por el sonido infernal del que, gracias a Dios, me aislaba en parte el casco. También recuerdo haber percibido una expresión helada de terror, aunque ya no sabría decir si se trataba del rostro de la criatura o el de mi compañero.

El tercer suceso significativo diluido en el transcurso de aquella pavorosa escena sólo pone de manifiesto el deleznable estado en el que se encontraba ya el tejido racional en el que creemos que se sostienen las ideas sensatas por su propia naturaleza. Pues si bien era yo consciente de que nuestros cascos cumplían alguna función de salvaguardia frente a las más que probables condiciones ambientales adversas, mi mente, sumergida en un mar tormentoso, no anticipaba los acontecimientos detrás de la siguiente ola. Y admito que nos hallábamos atrapados todavía en el primer remolino de miedo irracional, incapaces de ver las analogías fisiológicas entre nuestros propios cuerpos y el de esa figura acusada de inhumanidad. Más allá, supongo que la imagen del «ángel blanco»ya había cobrado vida: un ser preternatural, etéreo, inmortal, tanto en la versión celeste del mito, como en mi propia fantasía telúrica.

Sin embargo, aquel ser podía morir, por supuesto. Y lo hizo. A pesar del breve encuentro, fui capaz de interpretar la mímica de agonía que su cuerpo exhibió tras haber transcurrido un minuto escaso, para quedar a la postre completamente inmóvil, salvo por el giro inercial que le había impreso su último esfuerzo por inhalar aire en su pecho. Incluso después del primer examen concienzudo, ya a bordo de la Verusa, no logré dictaminar las causas exactas de la muerte del que, a partir de ese momento, pasaríamos a llamar «el sujeto». ¿Fue el frío de la cámara? ¿La falta de oxígeno y presión en el interior de la nave que yo había detectado incluso antes de entrar? Aun admitiendo que el sujeto era de origen terrestre, su cuerpo, en teoría, podría haber resistido las condiciones de anoxia e hipotermia durante un tiempo más largo. Claro que tampoco podía obviarse el estado de latencia que había experimentado, con toda seguridad más allá de cualquier previsión realizada por la civilización que lo había enviado al espacio. En las otras cápsulas no hallamos a nadie. Quizás, habían decidido tomar el mismo camino que su compañero encerrado en la exclusa.

Pues puedo imaginarme la pavorosa noticia, irradiada en otro tiempo desde una Tierra dominada por aquellos seres, alcanzando decenas de años después la nave que ahora pisábamos; la noticia de que esa nave se había convertido en la única cápsula de escape del mismísimo apocalipsis de su civilización. Sólo cabría esperar las reacciones más desesperadas: desde quitarse la vida a sumirse en un sueño eterno dentro de uno de los artilugios para animación suspendida.

El impacto inicial de aquel hallazgo fue, en el trascurso de los catorce meses que duró el viaje de regreso, gradualmente sustituido por la emoción de llevar los resultados a casa y ponerlos en el conocimiento de la comunidad científica. De manera inevitable, también pensé en mi padre, en su carrera investigadora frustrada y en el efecto reparador de este nuevo descubrimiento reforzando con pruebas palpables sus denostadas teorías. Claro que yo tardaría algunos años en volver a la Tierra y, para entonces, como cabe esperar de alguien que ha acumulado tantos viajes a velocidades cercanas a la luz, mi familia se habría ido ya hace mucho. No podría quejarme: era la vida que había escogido; la vida del explorador espacial, que empieza encontrando un anillo y acaba al toparse uno con su legítimo dueño.

No puedo decir mucho más. No se me permite decir más. Cuando llegamos a Zera Cuatro, nuestras golosas expectativas de gloria personal adquirieron el sabor de la ingenuidad más asquerosamente azucarada, fermentada en los sueños de tres hombres que, durante unos pocos meses, se aterraron con miedos de niños, formularon preguntas de niños y esperaron como idiotas la respuesta que les haría comprender el mundo. Los operarios del hangar los desalojaron rápidamente y tomaron el mando de la nave, poniendo en cuarentena la zona. Los días pasaron, y yo intenté abordar a algunos de los expertos que analizarían el cuerpo, recibiendo un aluvión de evasivas como contestación. Los rumores se extendieron por la colonia: el posible descubrimiento de un ángel blanco era un hecho en verdad fascinante que no pasaba desapercibido con facilidad.

Pero nunca trascendió de un simple chismorreo, alimentado por las hipótesis conspiratorias sobre el gobierno que ya se habían asentado en la colonia. Tampoco quiero añadir nada sobre esto. No querría herir la sensibilidad de los familiares de aquellos que perecieron en la inesperada colisión de un bólido celeste de origen desconocido sobre la luna donde se asentaba la colonia Zera Cuatro, y que causó la muerte de centenas de millares de almas. Clarke y Moebius se encontraban entre ellos.

Lloré su pérdida, pero también sentí cierta envidia: ellos habían llegado más lejos que yo y conocerían la verdad a esas alturas.

Yo, aquí en la Tierra, he tenido que conformarme con lo poco que escamoteé de la vieja Verusa, nada más que una libreta llena de anotaciones y una copia de la grabación de audio procedente del registro de la radio. Todas las pruebas de que alguna vez contactamos con los vestigios de una civilización antigua se perdieron en Zera Cuatro. Sólo me queda el gimoteo, los barboteos y los gritos de la criatura, que turban mi memoria con viles insinuaciones en cada intento de recrear su aspecto. Jamás he vuelto a acercarme a la antigua casa de mis padres, ni a los bosques y acantilados de sus alrededores, pues no soportaría volver a encontrarme con algo parecido. Ahora intento olvidar, para lo que los pequeños lujos que mi pensión me permite no han servido de mucho.

Aunque resulte increíble, me pasé un tiempo especulando sobre la causa última que provocó la muerte precipitada del ángel blanco, ante de consumar cualquier intento de comunicación. Al poco de pisar mi mundo natal, trasladé una copia de la grabación a algunos viejos alumnos de mi padre, sin entrar en detalles sobre lo que estaban oyendo. Me interesaba identificar los ruidos con tesitura de lenguaje articulado que la radio había recogido justo antes de que las ondas se hubieran empotrado contra el micrófono en oleadas de gritos que habrían causado espanto en cualquiera de aquellos tranquilos eremitas de la ciencia y el saber. Para mi sorpresa, uno de ellos comparó los supuestos vocablos y la entonación con un lenguaje que, de manera casi anecdótica, todavía chapurrean algunos ancianos de un pueblo remoto del centro de Asia.

El amable colega de mi padre le remitió la grabación a uno de los mayores expertos en esta lengua casi extinta. No tardó en ponerse en contacto conmigo. Seguramente sintió simpatía del caso de mi padre, pues había sufrido la misma política restrictiva de la que el Gobierno había hecho gala a la hora de otorgar fondos a investigaciones al margen de lo estrictamente tecnológico; de hecho, su rama se había llevado la peor parte.

Mas no se entretuvo demasiado en plañir sus penurias laborales ni yo me mostré interesado en escucharlas cuando reveló el objeto de su llamada: había identificado el lenguaje del ángel blanco como una especie de variante arcaica de aquel dialecto endémico y, además, creía saber el significado de las palabras contenidas en la grabación. Como es obvio, mantuve en secreto su origen, con falsas promesas de que le haría saber más.

Sin embargo, cada vez me encuentro más convencido de que no quiero saber más. Durante toda mi vida, he dirigido la mirada al lugar equivocado: los verdaderos misterios no se esconden en estrellas remotas, sino bajo los pies de nuestra civilización enfebrecida, envuelta en delirios místicos, conscientemente ajena a una realidad ya extinta. Sí, ahora me contento con saber que esa cosa —sí, llamémosla así— murió. De volver a toparme con ella, no sabría qué esperar de mí mismo: odio, miedo, culpa o vergüenza.

El lingüista había reconocido en la grabación la palabra «humano», tal y como se pronunciaba en ese remoto lugar. Al principio, pensé lleno de gozo que la criatura nos había reconocido, lo que demostraba que su estirpe había convivido con la nuestra en algún momento de la historia. Pero antes de estallar de júbilo, mi discreción me forzó a escuchar la traducción completa. El investigador sospechaba que había dos frases registradas. Una, una pregunta obvia, qué sois, era inmediatamente acompañada de una afirmación demasiado precoz para una mente turbada. Y aquí era donde yo me había equivocado, pues el ángel blanco no nos identificaba como humanos. De hecho, su mensaje era completamente opuesto:

No sois humanos. Y repetía, y se reafirmaba, al borde de la atronadora cascada de gritos de pánico que me acompañarán hasta el día de mi muerte. ¡No sois humanos!

¿Con qué derecho aquel ser, aquel monstruo al que he venido llamando «criatura» durante todo este tiempo, nos negaba nuestra sagrada humanidad? ¿Acaso se la atribuía a sí mismo y a su extirpe condenada? De ser esto cierto, ¿en qué nos habíamos convertido nosotros? ¿Qué clase de visión atroz habíamos inspirado en sus pequeños ojos redondos capaz de arrastrarla a una muerte por pura angustia?

Disponible para descarga en pdf AQUÍ

2 comentarios en “El Ángel Blanco

    • Muchas gracias, buen hombre. Lo tenía terminado desde hace meses, pero por extensión y temático no encajaba en ninguna convocatoria. Así que he preferido publicarlo por aquí y que lo lea alguien, que para eso está, no para coger bits de polvo en el disco duro.
      Por cierto, resérveme un vuelo a Ponapé y una habitación en algún hotelito no euclidiano para este verano.
      ¡Un saludo!

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